En un parque de Móstoles, con el reloj de las listas electorales ya casi en cero, Ada Colau no fue a pedir un favor al PSOE. Fue a marcar territorio. La candidata de Frente Amplio resumió en una frase lo que su coalición quiere vender como diferencia de fondo: si los socialistas gobiernan solos, se limitan a «gestionar la desigualdad»; el Frente Amplio dice que ha venido a reducirla «a mínimos históricos».
No es un matiz de marketing. Es el relato con el que la izquierda a la izquierda del PSOE intenta no disolverse en el voto útil del 29-N. Y lo hace un día después de que Rufián y Montero hablaran de «someter» al PSOE desde su flanco, y con el mapa de coaliciones todavía hecho de excepciones y renuncias territoriales.
Tres proyectos, un mismo escenario
Colau dibujó el tablero en tres bloques. Primero, PP y Vox: el proyecto que, según ella, «aumenta la desigualdad». Segundo, el PSOE: si gobierna en solitario, «jamás combaten la desigualdad, jamás se enfrentan a los especuladores, jamás frenan los pies a los multimillonarios». Tercero, Frente Amplio: no normalizar ni administrar la brecha, sino recortarla de verdad.
El tono no era de socio menor agradecido. Era de socio que reclama silla en el Consejo de Ministros. «Es necesaria la coalición de izquierdas Frente Amplio» en el Ejecutivo, dijo, para ir más allá de la gestión. El mensaje al electorado de Móstoles y al resto del país es simple: sin esa fuerza dentro, el techo de lo posible lo pone Ferraz.
Al lado estaban Emilio Delgado (Más Madrid), cabeza de lista por Madrid, y Toni Valero (IU), número tres en esa misma candidatura. Delgado elevó la apuesta: el 29-N «nos jugamos la democracia», y si ganan PP y Vox «no van a gobernar Feijóo y Abascal» sino «los bancos, el IBEX, Trump o Netanyahu». Valero cerró el eslogan de campaña interna: «el voto útil es el que se traduce en políticas útiles» y, por tanto, «el voto útil es el voto al Frente Amplio».
Cuando Sánchez cita a Sumar… y Colau lo apunta
La líder del Frente aprovechó un detalle de la precampaña que le sirve de prueba y de dardo. Pedro Sánchez, «amable» y «simpático» en una entrevista televisiva reciente, al repasar medidas del Gobierno de coalición citó —según el relato de Colau— iniciativas impulsadas por el espacio de Sumar: subida del salario mínimo, reforma laboral o los decretos de vivienda.
La lectura es deliberada. Si el presidente presume de logros que la izquierda a su izquierda considera propios, entonces esa izquierda no es un adorno: es la condición para que esas políticas existan. En Móstoles, Colau lo tradujo a futuro: Frente Amplio «ha venido para cambiar las reglas de juego, ampliar horizontes y conquistar nuevos derechos y libertades».
La coalición agrupa, entre otras piezas, a Más Madrid, IU, Movimiento Sumar y los comunes. Colau va como número uno por Barcelona y candidata a la Presidencia. El acto llega un día antes de que se cierre el plazo de registro de listas, con la renuncia a presentarse en Teruel ya anunciada y con el acuerdo PSOE–Frente Amplio para el Senado como telón de fondo institucional.
Encuestas, miedo y unidad
Colau pidió no creerse las encuestas que dan por hecha la victoria de la derecha. «Muchas veces el proyecto de las derechas avanza cuando consiguen dividirnos», dijo. La mayoría social trabajadora «debe estar unida». En su marco, la división no es un accidente: es el atajo de la derecha.
Ahí está la tensión real de esta precampaña. Por un lado, el Frente Amplio necesita diferenciarse del PSOE para no ser un apéndice. Por otro, necesita unidad de voto para no regalar escaños en provincias difíciles. La frase de «gestionar la desigualdad» resuelve el primer problema. No resuelve sola el segundo.
Lo que Móstoles deja claro es el precio político que Colau pone sobre la mesa: no basta con echar a la derecha; hay que decidir quién escribe el programa cuando la izquierda gana. Si el 29-N el PSOE suma y el Frente se queda corto, el dardo de hoy se convertirá en reproche de mañana. Si el Frente aguanta, el «gestionar» se transformará en negociación de carteras y de líneas rojas.
Mientras tanto, el reloj sigue. Listas, Senado, Congreso, huelga del 11-N y una campaña que aún no ha empezado oficialmente pero ya habla el lenguaje de la pelea interna. En un parque de Móstoles, la izquierda a la izquierda del PSOE ha elegido su eslogan de combate: no administramos la herida; la cerramos. O al menos eso prometen.
