Madrid acogió este jueves el plenario de la XXX Cumbre Iberoamericana. Treinta años de historia, veintidós países miembros, el escenario de las Colecciones Reales junto al Palacio Real. Y sin embargo, lo que quedará de esta jornada no es la agenda de cooperación ni el llamamiento del secretario general de la ONU, António Guterres, a la «unidad sin uniformidad». Lo que quedará es Javier Milei subiendo al estrado y diciéndole al anfitrión, en su propia casa y delante del rey, que el socialismo y el fascismo son exactamente lo mismo.

No fue un desliz. Fue una decisión.

La cita de Madariaga y la trampa del falso debate

En el plenario, Milei recurrió al pensador liberal Salvador de Madariaga para lanzar su tesis: «el socialismo es fascista en política y el fascismo es socialista en economía». A partir de ahí, el presidente argentino desarrolló el argumento: socialistas y fascistas comparten el odio al libre mercado, la intervención del Estado, las nacionalizaciones, la regulación, el control de los medios y el adoctrinamiento. También aprovechó el turno para cargar contra «agendas que se denominan progresistas y que ganan terreno en Europa».

Que alguien use a Madariaga para equiparar la socialdemocracia europea con el nazismo no es un debate intelectual. Es propaganda. Los partidos socialistas de Europa llevan décadas construyendo Estados del bienestar, defendiendo libertades civiles y ganando elecciones limpias. Equipararlos con regímenes que encarcelaban, torturaban y exterminaban no es una opinión provocadora: es una falsedad histórica presentada con traje de tweed académico.

El problema no es que Milei tenga ideas radicales. El problema es que lo hizo en el plenario de una cumbre que España preside y en la que el rey Felipe VI había pedido expresamente, la víspera, que todos se ciñeran a la «partitura» para que la voz del bloque fuera «armónica». Milei escuchó al rey y se preparó para hacer exactamente lo contrario.

Pedro Sánchez respondió en su intervención sin mencionar a Milei por su nombre. Habló de un mundo más dividido, reclamó diálogo y cooperación frente al «repliegue y el unilateralismo» y advirtió contra quienes reducen las relaciones internacionales a la fuerza y la subordinación. Fue una réplica de marco, no de trinchera. A algunos les frustrará esa contención. Pero es exactamente lo que haces cuando alguien intenta arrastrarte a su terreno: no bajas al barro.

La cena del Rey, Abascal y la señal que nadie necesitaba descifrar

El miércoles por la noche, los Reyes ofrecieron una cena de gala a los líderes asistentes a la cumbre. Milei no fue. Tampoco estuvo en la inauguración. En cambio, sí tuvo tiempo para reunirse con Santiago Abascal, líder de Vox. Lo publicaron ambas partes con foto incluida.

Que un jefe de Estado extranjero decline la cena del Rey anfitrión para verse con el líder de la oposición más extrema del país es una señal política que no necesita mucha interpretación. No es un delito. No es una ruptura diplomática formal. Pero es una elección, y las elecciones comunican. Milei eligió a Abascal sobre Felipe VI.

Conviene recordar que hace apenas dos semanas, en una visita anterior a España, Milei llamó a Sánchez «impresentable dictador» y «corrupto» y pidió sacar a los socialistas «a patadas». Sánchez respondió con la campaña «Soy zurdo y a mucha honra» y criticó las políticas de motosierras y tijeretazos. En la jornada de hoy no hay bilateral prevista entre ambos, ni entre Milei y el rey Felipe VI. El frío es mutuo y está bien documentado.

En el apretón de manos del plenario, con Felipe VI como testigo involuntario, quedó retratado todo lo que esta cumbre no pudo resolver: dos líderes que se toleran porque el protocolo lo exige, y nada más.

Y al fondo del cuadro, un calendario: el 29 de noviembre hay elecciones generales en España. Menos de un mes. La visita de Milei, el abrazo con Abascal y el discurso del plenario se leen, inevitablemente, como un espaldarazo simbólico a la derecha española en plena precampaña. No hace falta firmar ningún pacto para que el mensaje llegue. El mensaje ya llegó.

Mientras tanto, la cumbre siguió su curso. El presidente ucraniano Zelenski llegó a Madrid para reuniones de apoyo. Guterres subrayó la dimensión cultural del bloque iberoamericano. Se espera una declaración final sobre la que el ministro Albares asegura que hay consenso. Solo asistieron 10 de los 22 líderes del bloque: Lula da Silva y Claudia Sheinbaum, entre otros, brillaron por su ausencia.

Una cumbre con tantas sillas vacías ya arrastra un problema de legitimidad propio. Pero ese problema lo agravó quien sí vino: usando el micrófono de España para hacer campaña contra la izquierda europea en la cara del presidente español y frente al jefe del Estado. Eso no es diplomacia. Es injerencia con traje de estadista. Y conviene llamarla por su nombre.