Lo que horas antes el Gobierno descartaba de plano ocurrió el martes por la noche. Después de más de cuatro horas compareciendo ante la Diputación Permanente del Congreso por el accidente ferroviario de Urda (Toledo), con 69 víctimas mortales contabilizadas hasta ese momento, Óscar Puente anunció su dimisión como ministro de Transportes. Y fue más allá: renunció a encabezar la lista del PSOE por Valladolid y, en la práctica, se apartó de la carrera política inmediata. A veintiséis días del 29-N, la precampaña volvió a arrancar justo por donde dolía.

No fue una dimisión de manual. Puente no asumió culpa directa por acción u omisión en el siniestro. Lo que dijo fue otra cosa, igual de contundente: que un ministro de Transportes no puede seguir en el cargo con dos accidentes graves en menos de un año —Urda y, antes, Adamuz—. Citó incluso al exministro portugués Jorge Coelho y aquello de que "la culpa no puede morir soltera". Una frase con pegada para un gesto que, insisto, llegó tarde.

Qué ha marcado las últimas horas (lectura progresista)

Horas antes de la comparecencia, fuentes del Ejecutivo mantenían que Puente seguiría y que repetiría como candidato por Valladolid. Esa versión saltó por los aires en directo. En la sesión, el PSOE fue el único grupo que defendió sin matices su continuidad, por boca de Patxi López. Enfrente, el cuadro completo: desde la oposición de PP y Vox hasta los socios y la izquierda a su izquierda —Colau desde el Frente Amplio, Maíllo desde Podemos— se había pedido la dimisión o criticado la gestión.

En paralelo, el Consejo de Ministros había aprobado un paquete de ayudas y anticipos cifrado en torno a los 30 millones de euros, con una ayuda no reembolsable de 144.242 euros por cada familia de fallecido, compatible con otras indemnizaciones. Dinero necesario. Dinero que no devuelve a nadie.

Opinión del día

La tesis de esta mesa es incómoda para propios y ajenos: la dimisión de Puente es el mínimo de responsabilidad política, no un acto heroico. Era exactamente lo que pedían parte de las víctimas y parte de la izquierda. Que haya tenido que salir él solo a decirlo, después de que el Gobierno pasara la tarde blindándolo, dice bastante sobre cómo funciona esto todavía.

Y aquí va la parte de metro, la que se dice en voz baja en el andén: durante demasiadas horas, el reflejo del poder fue aguantar. Aguantar al cargo a costa del duelo, a costa de que no se notara en el 29-N. La responsabilidad política no es un favor que un ministro te hace cuando ya no puede más; es la regla del juego. Cuando hay 69 muertos y dos siniestros graves en un año, no continuar no es generosidad: es lo mínimo. Que lo celebremos como gesta es, precisamente, el síntoma de lo mal acostumbrados que estamos.

Dicho esto, seamos honestos con los matices, porque la mala leche sin honradez es ruido. Puente se va con una frase digna y sin asumir culpa penal ni técnica —que, por cierto, nadie ha establecido todavía y nadie debería inventar—. Irse no esclarece por qué descarriló ese tren. No arregla la seguridad ferroviaria. No repara a ninguna familia. Una dimisión cierra un capítulo político; abre, o debería abrir, el que de verdad importa: el de la investigación y la verdad.

Porque el riesgo real empieza ahora. El riesgo es que la cabeza de Puente sirva de tapón. Que el relato de "ya ha dimitido, pasemos página" sustituya a la pregunta que las víctimas tienen derecho a hacer: ¿qué falló en Urda y en Adamuz, y quién respondía de que no fallara? Una izquierda que se conforme con el titular de la dimisión y entre en campaña como si el expediente estuviera cerrado habría aprendido poco.

Qué debe pasar esta semana en clave progresista

  • Investigación por delante del eslogan. Que la campaña progresista hable de seguridad ferroviaria, de causas y de responsabilidades técnicas y de gestión, no de "pasar página".
  • Reparación real a las familias. Las ayudas aprobadas están bien, pero tienen que llegar rápido, sin papeleo que humille y con acompañamiento, no como foto de Consejo de Ministros.
  • Coherencia con los socios. El PSOE quedó solo defendiendo la continuidad. Toca reconstruir esa confianza explicando por qué se tardó tanto, no fingiendo que no pasó.
  • No instrumentalizar el duelo en ninguna dirección. Ni blindar cargos a su costa ni usar a los muertos como ariete de campaña. El respeto también se mide estos días.

Y una última raya honesta sobre el ruido de fondo: estos días se ha mezclado Urda con la huelga general del 11-N, con Feijóo pidiendo a los sindicatos que la desconvoquen. CCOO y UGT la mantienen, y hacen bien en no dejar que una tragedia decida su calendario. Pero ese es otro frente. Mezclarlo todo es precisamente lo que conviene a quien no quiere que miremos las vías.

Diario de precampaña, 4 de noviembre. Tesis de esta mesa: la dimisión de Puente es el suelo de la responsabilidad política, no el techo; la izquierda que quiera merecer el 29-N debe hablar de investigación, seguridad y reparación, y negarse a que una cabeza sirva para cerrar el expediente de 69 muertos.