Hay una manera muy española de prometer Cataluña: subirse a un escenario, soltar lo de «diálogo» tres veces y bajarse con la foto. Alberto Núñez Feijóo ha decidido, en su entrevista en La Vanguardia, hacer lo contrario. Su mensaje no es un abrazo con música de fondo; es una libreta. Y la libreta, en política, asusta más que el abrazo.

El líder del PP lo dice sin florituras: no se puede ser presidente de España sin entender Cataluña. La convierte en su prioridad política, en su asignatura pendiente —el gran territorio donde su partido no gobierna— y, de paso, le recuerda a Pedro Sánchez que ha decepcionado justo a los catalanes que un día confiaron en él. No es frase de relleno: es el reproche de quien quiere ocupar ese espacio.

La novedad no es el discurso: es venir cada tres meses

Lo interesante llega cuando baja al suelo. Feijóo promete presentarse en Cataluña cada tres meses para dar cuenta de la ejecución de las obras públicas. Rendir cuentas. Con fechas. Suena aburrido, y precisamente por eso es la mejor noticia del paquete: frente a un país donde, según él, la gestión se ha sustituido por la propaganda, lo que ofrece es control de obra, calendario y la incomodidad de volver cada trimestre a explicar qué se ha hecho y qué sigue sin hacerse.

Es una apuesta arriesgada, que conste. Prometer que vas a volver a enseñar los deberes es firmar un contrato contigo mismo que se puede incumplir a la vista de todos. Pero marca distancia con el estilo de los últimos años: menos inaugurar lo que no está terminado y más hoja de cálculo.

Y hay un detalle que, viniendo de un político, casi conmueve: dudar en voz alta. Sobre el traspaso de Rodalies, Feijóo no promete la luna. Reconoce que no tiene claro que a Cataluña le convenga asumir un servicio tan deficitario. Traducido: antes de regalar competencias para comprar un titular, pregúntate quién paga el agujero al día siguiente. Es justo lo contrario del cheque en blanco que ha sostenido esta legislatura.

La amnistía: derogar aunque no sirva (y ahí está el punto)

Aquí llega el gesto que más ruido hará. Feijóo asegura que derogará la ley de Amnistía aunque a esas alturas no tenga ningún efecto jurídico concreto. Los listos dirán que es puro simbolismo. Pues sí, lo es. Y el simbolismo, cuando hablamos de igualdad ante la ley, no es un adorno: es la raya que separa «todos somos iguales» de «algunos negociaron su impunidad». Derogar una norma ya vacía es la forma de decir que nunca debió existir. No arregla el pasado; fija el principio.

El PP lleva meses repitiendo que la amnistía fue el precio de una investidura, no una demanda de la calle. Que Feijóo insista en borrarla cuando ya no mueva ni una sola causa judicial encaja con esa idea: no va de efectos, va de no normalizar que la gobernabilidad de España se compre expediente a expediente.

El mapa del chantaje contra el mapa radial

La parte más afilada de la entrevista es la territorial. Feijóo sostiene que Sánchez se ha aprovechado de Junts para, paradójicamente, consolidar al PSC en Cataluña. Y apunta al País Vasco con una fórmula que resume su lectura del sanchismo: según él, hoy existen tres maneras de votar a Bildu —votando al PSOE, votando a Bildu o votando al PNV—. Es brocha gorda, de acuerdo, pero el dibujo que quiere dejar es nítido: un Gobierno que depende de quien le pone condiciones termina gobernando para quien le pone condiciones.

De ahí su diagnóstico —España en fallo sistémico, con la gestión suplida por la propaganda— y su alternativa: una España más radial y menos centralista. Es decir, un país que conecte a todos sus territorios en igualdad de condiciones en lugar de uno que viva pendiente de contentar al socio que amenaza con tumbar los Presupuestos. Menos chantaje y más vías —de tren y de asfalto— que lleguen a todas partes.

El elefante en la sala: Vox y el 29-N

A menos de un mes de las elecciones del 29-N, Feijóo también ordena su propia casa. Insiste en que el PP no ha fichado a nadie de Vox y en que contar con figuras como Cayetana Álvarez de Toledo o Xavier García Albiol no significa pisar el terreno de Abascal. El mensaje al votante de centro-derecha es directo: concentrad el voto en el PP. Nada de dispersar fuerzas si de verdad se quiere un cambio.

Es una línea fina. El PP necesita a ese electorado, pero no quiere parecer la franquicia de nadie. Por eso Feijóo separa los nombres propios de las etiquetas: reivindica a los suyos sin comprar el relato de que, para competir, hay que mimetizarse con el vecino.

Al final, el retrato que deja la entrevista es el de un candidato que ha cambiado la épica por la libreta. Puede salirle mal —rendir cuentas cada trimestre es una soga que uno mismo se cuelga del cuello—, pero es, como mínimo, una propuesta que se puede medir. Y en un país cansado de promesas que nunca se verifican, ofrecer algo comprobable con un calendario en la mano ya es, de por sí, otra manera de hacer política.