El lunes arrancó en Génova con un minuto de silencio. Setenta y dos horas después del accidente de Urda —al menos 69 muertos, decenas de heridos, familias destrozadas— el PP celebró su Comité Ejecutivo Nacional. Alberto Núñez Feijóo presidió la reunión rodeado de barones autonómicos, alcaldes y la cúpula del partido. Lo que salió de allí no fue solo una nota de condolencias.

Feijóo llegó con un discurso afilado y lo dejó caer sin artificios: España necesita gestión, no comunicación. Y si alguien dudaba de a quién apuntaba con lo de los «influencers», él mismo lo aclaró: se refería a Óscar Puente. El ministro de Transportes. El que sigue en su puesto.

La frase que no necesita traducción

Hay frases que se comentan solas. La de Feijóo en la rueda de prensa fue una de ellas: «Ya no es que sea evidente que no son buenos gestores, es que dudo de que también sean buena gente.» Se puede estar de acuerdo o no, pero nadie puede decir que no la entiende. Eso, en política, vale mucho.

El líder del PP construyó su argumento sobre una pregunta que muchos ciudadanos se hacen desde el jueves: ¿cómo es posible que fallen los sistemas de seguridad, mantenimiento, conservación y supervisión en la misma línea, en dos accidentes, con más de 115 muertos entre Adamuz y Urda? La respuesta del Gobierno, según Feijóo, fue buscar a quién endosarle la responsabilidad. «Tardan horas en encontrar un culpable, como si todo el sistema ferroviario se redujera a un trabajador», dijo.

Ahí metió el detalle que más daño puede hacer al Ejecutivo: mientras los equipos de rescate buscaban supervivientes entre los vagones volcados, el Gobierno encargaba encuestas para calibrar si el cese de Puente les perjudicaba electoralmente. «Eso da el nivel moral de esta gente, que es ninguno», sentenció. Añadió que aún no se habían entregado los cuerpos de todas las víctimas a sus familias cuando el partido gobernante ya miraba los sondeos.

El relato que el PP llevaba meses buscando

Feijóo no inventó ayer el término «reconstrucción nacional», pero sí lo cargó de contenido frente a un Gobierno al que acusa de gestionar «pensando en el poder como único fin». La diferencia entre la narrativa habitual de la oposición y lo de ayer es que esta vez había un hecho tangible: con nombre, con muertos y con cámaras de televisión transmitiendo las labores de rescate en directo.

Repitió «gestión» cerca de diez veces. No fue un accidente. La estrategia del PP para el 29-N pasa por convertir esa palabra en un ariete: frente a un Gobierno al que acusa de comunicar en lugar de gobernar, Feijóo pone sobre la mesa su historial en Galicia y dice, con esa humildad tan particular que tienen los que se saben ganadores: «España no necesita a un influencer, necesita a alguien que sepa gobernar, y digo con humildad: yo sí sé hacerlo.»

Si llega a la Moncloa, prometió algo concreto: un ministro de Transportes con trazabilidad y competencia en la materia. Sin colegas de partido colocados en sillones para los que no están preparados. La pregunta que queda en el aire —y que la campaña tendrá que responder— es si ese compromiso lleva nombres propios o se queda en buena intención.

La personación judicial y quién debe dar la cara

El PP no se limita al terreno discursivo. El domingo, Alma Ezcurra, vicesecretaria de Coordinación Sectorial, anunció que el partido se personará en la causa judicial para investigar el accidente «hasta el final». Un movimiento con doble lectura: presión política sostenida sobre el Ejecutivo y señal a sus votantes de que el PP no va a apartar la vista cuando la cámara se apague.

Feijóo también dejó clara su posición sobre quién debe comparecer ante la Diputación Permanente. Si de él dependiera, no sería el ministro sino el presidente del Gobierno quien diese la cara, porque Puente «ya habría sido cesado» y «nunca hubiera sido nombrado» para ese cargo. No es solo una crítica al ministro: apunta directamente al jefe que lo puso ahí y que, según Feijóo, debería asumir lo que no puede delegar.

Los actos de precampaña del 29-N se reanudan. Urda no es solo una tragedia para el PP: es también el momento en que el partido abandona definitivamente la posición de pura contraprogramación y pone sobre la mesa un relato propio. Si ese relato convence al votante que aún duda, lo dirán las urnas en menos de un mes. Pero el líder popular llegó ayer a Génova con algo que le faltaba desde hacía tiempo: un argumento concreto del que el Gobierno no puede escapar fácilmente y que resuena igual en el Congreso que en el metro de cualquier ciudad española.