Ayer por la mañana, Barcelona. El Palacio de Congresos de Cataluña acogió el foro World in Progress —WIP— de PRISA. Pedro Sánchez subió al escenario con el peso de Urda encima: 69 muertos en el accidente ferroviario. Dedicó las primeras palabras a las víctimas y anunció un decreto de ayudas para el martes. Duelo, urgencia y luego, sin solución de continuidad, campaña.

Porque a 27 días del 29-N, lo que vino después importa mucho. Una frase que vale como eslogan, como argumento y como advertencia al mismo tiempo: «España se gobierna desde España, no desde Washington, Tel Aviv, Moscú o Buenos Aires». EFE y RTVE la recogieron tal cual. No hace falta interpretarla demasiado.

Una internacional que financia y obedece

Sánchez no se quedó en la consigna. Desarrolló el argumento. La extrema derecha europea, dijo, está «sometida a dirigentes y oligarcas extranjeros» que la «financian y marcan los pasos a seguir». Y sacó la lista: Orbán, Vannacci, Gauland del AfD alemán. Piezas de una «internacional ultraderechista» que teje alianzas con un propósito: debilitar a Europa desde dentro.

No es la primera vez que alguien señala esto. Hay investigaciones periodísticas, informes parlamentarios europeos, análisis académicos que apuntan en esa dirección. Que Sánchez lo use en precampaña no lo convierte en mentira ni en verdad absoluta. Lo convierte en el eje de su campaña. Y eso, en sí mismo, es una decisión política que merece tomarse en serio.

El PP ante el espejo de Tusk y Merz

Aquí es donde la ponencia se puso más incómoda para la derecha española. Sánchez trajo dos nombres de la agenda política europea: Donald Tusk, en Polonia; Friedrich Merz, en Alemania. Dos conservadores. Dos líderes que, según el presidente, entienden que «hay líneas rojas que evidentemente no se pueden cruzar» cuando se trata de la ultraderecha.

La pregunta implícita —que dejó flotar sin pronunciarla del todo— es evidente para cualquiera que siga la actualidad española: si en Polonia y Alemania hay conservadores que saben decir que no, ¿por qué el PP mantiene pactos tácticos con Vox en varias comunidades autónomas? «En España tampoco debería haber dudas», dijo Sánchez. Sin nombrar a Feijóo. Sin necesidad de hacerlo.

Blanquear o desaparecer: la trampa en que cae la derecha

Este es, probablemente, el argumento más elaborado de toda la intervención. Sánchez describió un proceso en dos fases que conocen bien quienes estudian el ascenso de la extrema derecha en Europa. Primera fase: la derecha tradicional normaliza el discurso ultra, lo blanquea, lo hace presentable, lo lleva al centro del debate. Segunda fase: la derecha tradicional acaba «subsumida» por aquello que normalizó. Se come a sí misma.

No es una ocurrencia. Los casos de Austria, Francia o Italia tienen ese patrón en distintas versiones. Que el presidente lo ponga sobre la mesa ahora, en precampaña, no lo hace más ni menos válido. Lo hace urgente. Porque si hay algo que el PP tiene que decidir antes del 29-N es exactamente eso: en qué lado de esa línea quiere estar.

Los algoritmos tampoco son neutrales

Un apunte que pasó más desapercibido pero que vale la pena recoger: Sánchez señaló también el papel de la inteligencia artificial y la opacidad de los algoritmos en la propagación de ciertos debates. El diseño de estas herramientas, dijo, «privilegia cierto tipo de debate». Sin datos concretos, sin tecnicismos. La idea es sencilla: si el ecosistema digital está construido para amplificar el ruido ultra, la responsabilidad no recae solo en los partidos. También en quienes diseñan esas plataformas y en quienes —desde los gobiernos y las instituciones europeas— deciden regularlas o no hacerlo.

El marco ya está puesto

Sánchez salió de Barcelona con el relato listo. El 29-N, según ese relato, no es solo una elección entre programas de gobierno ni entre caras distintas. Es una pregunta más honda: ¿quién decide aquí? ¿Las urnas y los ciudadanos españoles, o los oligarcas, las redes de financiación opaca y los algoritmos diseñados fuera?

Que ese marco sea justo o exagerado, cada votante lo valorará. Lo que resulta difícil de negar es que Sánchez lleva semanas construyéndolo con coherencia. Y que el PP, con sus pactos en las comunidades y sus renuncias cruzadas en el Senado, tiene cada vez más difícil explicar por qué España debería fiarle la respuesta a esa pregunta.