Hay un número que resume mejor la precampaña que mil mítines: 43. Eso es lo que, de media, tarda un anuncio de alquiler en España en llenarse de mensajes antes de desaparecer del portal. En el tercer trimestre de 2018 eran ocho. Ocho años después, según el análisis de Idealista recogido este lunes por varios medios, la competencia por cada piso se ha disparado un 405%. No es un mal día. Es un embudo.

Quien busque piso sabe de qué va la película sin abrir Excel: ver el anuncio a las nueve, escribir a las nueve y dos, y a las once ya no cogen el teléfono. Avalistas, nóminas altas, meses por adelantado. Y, al final, el propietario elige entre una cola de candidatos que se pelean por no quedarse en el sofá de un primo.

El mapa no miente: también duele fuera de Madrid

Lo más incómodo del informe no es solo el promedio nacional. Es que la presión se ha vuelto salvaje en capitales medianas y pequeñas, no solo en el escaparate de siempre. Lleida lidera el ranking de subidas con un incremento del 3.036% en contactos por anuncio desde 2018. Detrás van Tarragona (1.899%), Guadalajara (1.629%), Burgos (1.391%) y Zamora (1.377%). En ninguna capital el crecimiento baja del 190%.

En términos absolutos, el estrangulamiento se ve aún más crudo: Guadalajara encabeza con 137 contactos por anuncio; le siguen Vitoria (131), Tarragona (125) y Pamplona (117). Entre las grandes, Barcelona ha pasado de 11 interesados en 2018 a 92 ahora. Madrid, de 12 a 49. Zaragoza llega a 96 tras un alza del 974%. Si alguien aún cree que «el problema es solo de dos metrópolis», que mire Lleida o Guadalajara y vuelva a hablar.

En Galicia el mismo patrón: en A Coruña capital la competencia se multiplica casi por siete —de 7 a 46 contactos— y en la provincia de 5 a 31. Ourense capital salta de 2 a 17. No es un rumor de inmobiliaria: es la cola digital convertida en estadística.

Zonas tensionadas… y la pelea sigue

Idealista también mira las capitales declaradas zona tensionada, donde hay techo al precio de nuevos contratos. El dato es político aunque el portal no lo formule así: en ocho de las nueve capitales analizadas bajo ese paraguas la competencia ha crecido más de un 500% desde 2018 —Lleida, Tarragona, Girona, Bilbao, Barcelona, Vitoria, A Coruña y Pamplona—. San Sebastián es la excepción relativa (+372%).

Eso no demuestra por sí solo que el tope de precios «no sirve» ni que «sí sirve». Demuestra otra cosa, más simple y más grave: regular el precio sin reponer oferta asequible deja a la gente compitiendo por un stock menguante. Si el cartel de «se alquila» es un bien escaso, el mercado se convierte en casting. Y en un casting ganan quienes tienen nómina blindada, pareja con dos sueldos o padres con piso en propiedad. Pierden jóvenes, monoparentales, autónomos y quien llegó tarde a la burbuja de la compra.

Los recuentos de oferta de larga duración que circulan en el sector hablan de caídas del entorno del 40% respecto a 2018 en el parque disponible tradicional. Parte se ha ido a temporada, a turístico o directamente a la venta. Mientras tanto, el esfuerzo salarial en grandes urbes se come tramos del 40-50% de la renta familiar. No hace falta ser economista de Moncloa para traducir eso: o pagas techo o no comes fuera, no ahorras y no te independizas.

Lo que el 29-N no debería esconder

Estamos a un mes de unas generales anticipadas y la conversación pública se va a la bronca de listas, Senado y broncas de patio. Mientras, el inquilino mide la campaña en WhatsApps sin respuesta. Si la izquierda quiere hablar de dignidad material, este informe es el briefing: no basta con señalar al casero egoísta ni con un eslogan de «vivienda es un derecho» si el derecho no se construye, se moviliza y se protege con parque público y reglas que no expulsen de golpe la oferta residencial de larga duración.

Tampoco vale el relato mágico de que solo liberalizando se arregla el atasco cuando la demanda se ha multiplicado por cinco y el piso se alquila en horas. Hace falta más vivienda a precio asequible —pública, cooperativa, privada con contrapartidas— y menos cinismo de quien descubre la crisis el día que su hijo no encuentra piso cerca de la facultad.

Idealista no legisla. Idealista cuenta contactos. Y esos contactos dicen que el alquiler en España se ha convertido en una lotería con demasiados boletos perdedores. Quien gobierne después del 29-N podrá discutir el cómo. Lo que ya no puede fingir es que el problema es anecdótico.