Había chelo, paz y aniversario. Faltaba una silla. Junts se ha ausentado este lunes del homenaje del Congreso a Pau Casals en el 150º aniversario de su nacimiento y en el marco del Día Internacional de la Paz. El motivo no es un desacuerdo musical: es un test de lengua e identidad. Si el acto no va en catalán y no enmarca a Casals como ellos quieren, no hay asistencia.
La formación de Carles Puigdemont lo ha dicho sin rodeos. El portavoz Josep Rius sostuvo que no pueden participar en un acto que «saque de contexto» la figura del músico y omita su compromiso con Catalunya, la paz, la democracia y la libertad. «Homenajearle requiere reconocer su catalanismo, su exilio y la oposición a la dictadura franquista». Y la condición práctica: «Si el acto se hace en catalán, asistiremos».
No fue solo una queja de pasillo. Junts envió carta a la presidenta del Congreso, Francina Armengol, firmada por Jordi Turull, Mònica Sales, Míriam Nogueras, Eduard Pujol y Jordi Martí Galbis. En la misiva, según ABC, recuperan el 24 de octubre de 1971 ante la ONU —«Soy catalán»— y reclaman evitar cualquier tentación de «españolización». Respetar a Casals, escriben, es respetar lo que él mismo dijo al mundo que era. El primer paso, añaden, es homenajearlo en su lengua.
Armengol no dedicó el acto a negar a Casals. Al contrario: lo presentó como una de las figuras musicales del siglo XX, con compromiso profundo con la paz, la libertad, la democracia y los derechos humanos, y recordó que lenguas, culturas y tradiciones forman parte de la memoria colectiva. El hemiciclo celebraba por primera vez el Día Internacional de la Paz coincidiendo con el programa Casals 150. Para Junts, ese marco no bastó.
Aquí está la paradoja política, no la biográfica. Pau Casals puede ser a la vez catalán, exiliado, universal y pacifista. El problema no es que Junts quiera subrayar el catalanismo del músico: es convertir un homenaje institucional de Estado en un peaje lingüístico. O catalán en el atril, o silla vacía. Así se gobierna también la coalición informal de la legislatura: cada símbolo se vuelve ficha, cada ficha se vuelve veto blando.
España no necesita que el Congreso convierta a Casals en estampita monolingüe. Tampoco necesita que un socio de investidura trate un acto de paz como aduana identitaria. Hay una diferencia entre memoria y monopolio. Casals habló al mundo en varias claves; Junts ha decidido que, hoy, solo una vale para sentarse.
El resultado es el retrato de una política adicta al escenario: mientras el Congreso habla de dignidad y derechos humanos, el partido de Puigdemont mide el homenaje con regla de lengua. No se discute el derecho a reclamar el catalán en la vida pública. Se discute si la ausencia es homenaje o chantaje simbólico. Porque si mañana cualquier acto de Estado exige el formato exacto del socio de turno, la Cámara deja de ser Parlamento y se convierte en escenario de litmus tests.
Casals dejó un chelo y una frase en la ONU. Junts ha dejado una silla vacía y una carta. El país puede vivir con las dos cosas. Lo que no debería normalizar es que cada gesto de paz se transforme, automáticamente, en otra ronda del conflicto de banderas.
