Hay monumentos que no se disimulan. Detrás del cementerio de Majadahonda, en Madrid, sigue en pie un memorial a dos militares de la Guardia de Hierro rumana —Ion Mota y Vasile Marin— muertos el 13 de enero de 1937 luchando con el bando que se sublevó contra la República. La inscripción lo dice sin rodeos: caídos «por Dios, por España y por Rumanía». El símbolo paramilitar va grabado. Y cada enero, según la crónica de elDiario.es, grupos ultras convierten el lugar en cita de exaltación.

Lo llamativo no es solo la piedra. Es el reloj. El Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática metió el conjunto en el catálogo de símbolos contrarios a la memoria democrática el 29 de junio de 2026 y dio tres meses para una retirada «definitiva y permanente». Ese plazo se agota: a inicios de octubre el terreno debería estar vacío. La propietaria es la Asociación para la Custodia del Monumento a los Legionarios Rumanos Caídos. Según fuentes del proceso, no ha respondido al requerimiento.

El expediente del Gobierno no se anda con eufemismos. Dice que el monumento representa los lazos entre el franquismo y el fascismo europeo de entreguerras. Niega valor artístico o arquitectónico suficiente para salvarlo. Y, aunque esté en parcela privada, insiste en su proyección pública: no está vallado, cualquiera puede acercarse. Si la asociación no cumple, entra el artículo 37 de la Ley de Memoria Democrática: multas coercitivas y, si hace falta, desinstalación subsidiaria por la Administración.

¿Y el Ayuntamiento de Majadahonda, con mayoría absoluta del PP? Respuesta de manual: «no tiene competencias» porque es terreno particular. Hace once años el pleno aprobó una moción del PSOE pidiendo retirada o demolición; el PP se abstuvo y el acuerdo se quedó en el cajón. Izquierda Unida ha llevado a Fiscalía los homenajes anuales. El portavoz socialista local, David Rodríguez, lo resume con claridad: el escudo de lo privado no borra que cualquiera se tropieza con un monumento fascista y con quienes lo celebran.

La Comunidad de Madrid, de Isabel Díaz Ayuso, tampoco ha blindado la estructura como pedía Abogados Cristianos. Fuentes del Ejecutivo regional niegan valor arquitectónico y recuerdan que, al ser de 1970, no encaja la protección de elementos de culto anteriores a 1950. Es un no técnico, no un abrazo al memorial. Pero tampoco es un empujón político para que desaparezca ya.

Mientras tanto, el monumento cuenta historia que conviene no edulcorar. Mota y Marin formaban parte de la Guardia de Hierro, brazo violento de un movimiento fascista rumano que, con apoyo nazi, llegó al poder en 1940 y, según el informe técnico del expediente, participó en un régimen responsable de crímenes de guerra. Tras la Segunda Guerra Mundial, dirigentes legionarios —entre ellos Horia Sima— hallaron refugio en la España de Franco. El memorial actual se erigió en 1970 con dinero del exilio fascista rumano, apoyo falangista y préstamos de entidades financieras de la época.

Hay un detalle que desmonta el cuento de la «injerencia». El Gobierno de Rumanía escribió el 24 de agosto de 2026 al ministerio español para agradecer la orden de retirada. Dragos Hotea y Bogdan Mazuru dijeron que la medida refuerza la memoria democrática también en su país. No es un capricho madrileño: es coherencia europea con un pasado que mató y oprimió.

La izquierda no debería tratar esto como folklore. Cada día que el plazo corre y la piedra sigue ahí, se envía un mensaje simple: la memoria democrática vale… hasta que alguien grita «propiedad privada» o «competencias». La ley ya está escrita. El catálogo ya está firmado. Lo que falta es voluntad de hacerla cumplir sin trampas ni dilaciones. Si en octubre el monumento sigue saludando a quien pasea, no será por falta de expediente: será por falta de coraje institucional.