Hace poco más de diez días, Javier Milei pisaba Madrid, llamaba a Pedro Sánchez «impresentable dictador» y animaba a sus seguidores a «sacar a los socialistas a patadas». Esta semana, el Gobierno argentino ha confirmado que el presidente volverá a la capital española el 4 y 5 de noviembre para sentarse en la XXX Cumbre Iberoamericana. En la misma ciudad. Con el mismo anfitrión. Como si no hubiera pasado nada.
Eso es lo que nos ocupa hoy: cómo funciona la diplomacia cuando uno de sus participantes ha decidido que las reglas del juego son opcionales.
Un mitin con pasaporte diplomático
Conviene recordar qué fue exactamente lo que hizo Milei en su último viaje a Madrid, allá por el 20 y 21 de octubre. No se reunió con el Gobierno español. No hubo bilateral. Lo que hubo fue su presencia en un foro donde respaldó explícitamente a Santiago Abascal, líder de Vox, e Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. Esto ocurrió a menos de un mes de las elecciones del 29 de noviembre.
Dicho de otra manera: el presidente de la República Argentina utilizó un viaje oficial a España para hacer campaña electoral por dos candidatos de la oposición española. Con credencial de jefe de Estado. Sin bilateral con el Gobierno de acogida. Y antes de aterrizar ya había llamado a Sánchez «ladrón y corrupto» en Buenos Aires.
Eso no es diplomacia. Es interferencia. No hace falta exagerar nada: es lo que es. Un líder extranjero, con el peso institucional de una presidencia, metiéndose de lleno en la precampaña electoral de otro país soberano. Si lo hubiera hecho un presidente latinoamericano de signo progresista en la dirección contraria, los titulares habrían sido otros. Muy otros.
Y encima, quince días después, vuelve.
La séptima visita sin bilateral
Hay una estadística que los medios llevan contando desde hace un tiempo: éste será el séptimo viaje de Milei a España sin que se haya producido un solo encuentro bilateral con el presidente del Gobierno. Siete visitas. Cero reuniones oficiales con Sánchez.
No es un olvido. No es la agenda apretada de los grandes líderes. Es una decisión política perfectamente deliberada.
Milei no quiere reunirse con Sánchez porque hacerlo le daría algo que no está dispuesto a conceder: reconocimiento. Sentarse frente a él implicaría admitir que el presidente español es un interlocutor legítimo, y eso es incompatible con llevar meses llamándole dictador en foros públicos, ladrón en Buenos Aires e impresentable en Madrid.
El problema es que la maquinaria diplomática continúa rodando como si nada. El Gobierno argentino confirma asistencia. Las agencias lo distribuyen. Los protocolos se activan. Y Milei llegará, posará en la foto oficial, se sentará en la misma mesa que el hombre al que ha llamado de todo y se irá como si las palabras no tuvieran peso.
Eso es lo que hay que nombrar: la normalización.
Sánchez, la canción y la sangre fría
Frente a los ataques más recientes, Sánchez eligió no devolver el golpe en el mismo tono. Su respuesta fue una foto escuchando «Fanático» de Lali Espósito, acompañada del texto «Soy zurdo y a mucha honra». Irónico. Efectivo en redes. El tipo de movimiento que desactiva el ciclo de escalada sin ceder terreno.
Hay que reconocerle el mérito. Que el presidente al que llevan meses llamando dictador conteste con una canción de pop argentino es, como mínimo, un ejercicio de sangre fría considerable. Y tiene la ventaja adicional de recordarle a Milei que la artista a la que persigue con saña en su propio país tiene mucho tirón en España.
Pero el golpe de efecto en redes, por bien ejecutado que esté, no resuelve la pregunta de fondo: ¿qué hace el Gobierno español con un jefe de Estado que viene a su cumbre después de haber utilizado la visita anterior para hacer campaña abierta contra él?
Lula no viene. Milei sí.
Otro dato que añade textura al cuadro: el presidente brasileño Lula no asistirá a la Cumbre Iberoamericana por motivos de agenda y enviará en su lugar al canciller Mauro Vieira. El contexto no es baladí: las relaciones entre Argentina y Brasil atraviesan un momento de tensión, con el asunto de la salida de Flávio Bolsonaro vía Argentina como uno de los elementos de fondo.
El resultado es que la cumbre llega con uno de sus grandes pesos pesados ausente y con el otro convertido en la comidilla diplomática del mes. Lula, que representaría el contrapeso progresista de la región, no estará en la sala. Milei, que acaba de hacer campaña por la oposición española, sí estará.
El multilateralismo iberoamericano, que ya tenía sus propias grietas, empieza noviembre con la geometría visiblemente torcida.
El coste que nadie quiere calcular
Hay una pregunta que nadie en las cancillerías quiere hacerse en voz alta porque la respuesta es incómoda: ¿tiene algún coste insultar al presidente de un país, hacer campaña por su oposición en precampaña electoral y luego aparecer en su foro oficial como si nada?
Por ahora, la respuesta empírica es que no. Y eso es un problema.
Se entiende el razonamiento detrás de la pasividad: expulsar a un jefe de Estado de una cumbre multilateral, negarle la acreditación, montar un incidente diplomático de ese calibre genera más complicaciones de las que evita. El coste de tragarlos parece menor. A corto plazo.
Pero si esto se convierte en el nuevo estándar —cualquier líder puede insultar al anfitrión, meterse en su proceso electoral y sentarse luego a la mesa sin consecuencias visibles— el multilateralismo pierde uno de sus cimientos: el respeto mínimo entre iguales como condición de participación. No como cortesía. Como regla de juego.
Milei llegará el 4 de noviembre. Posará en la foto. Dará su discurso. Y probablemente encontrará algún micrófono para alimentar a su audiencia argentina y al ala dura de la derecha española antes del 29-N. Todo muy predecible. Todo muy calculado.
La diplomacia sabe exactamente lo que está pasando. Lo que decide, cada vez que hace como que no ve nada, es si eso tiene algún precio o si la foto de familia basta para cubrir el expediente.
