Los datos del INE han llegado puntuales y sin muchas alegrías. La economía española creció un 0,6% en el tercer trimestre de 2026 respecto al anterior, una décima menos que en el segundo. Nada dramático sobre el papel, pero los detalles son los que cuentan: el motor del crecimiento no lo están poniendo las familias, que cada vez aguantan menos el golpe de la inflación, sino el gasto público, que sigue acelerando. Esa es una combinación que debería preocupar más de lo que reconocen los discursos oficiales.

El consumo de los hogares, a la mitad

El dato más revelador no es el titular del PIB, sino lo que esconde. El consumo de los hogares pasó de crecer un 1,1% intertrimestral en el segundo trimestre a hacerlo solo al 0,6% en el tercero. Es decir, redujo su ritmo prácticamente a la mitad. Cinco décimas de moderación que, traducidas a la vida real, significan familias que compran menos, que aprietan el presupuesto del supermercado y que retrasan decisiones de gasto.

Raymond Torres, de Funcas, pone el dedo en la llaga: la tasa de ahorro de los hogares ha caído desde alrededor del 13% hasta el 11%. Eso quiere decir que las familias no están ahorrando más para compensar la subida de precios, sino tirando del colchón. Cuando el ahorro baja y el consumo también baja, algo no cuadra. Lo que no cuadra se llama inflación.

El IPC de octubre se sitúa en el 4,9%, los niveles más altos desde 2023. El gas y los combustibles líquidos siguen apretando. Las medidas fiscales del Gobierno —entre ellas las rebajas en gasolina y diésel— habrían contenido en parte la presión, pero no han logrado llevar la inflación por debajo de ese umbral. La pérdida de poder adquisitivo es real, visible y se nota en el ticket de la compra y en el surtidor.

El gasto público al rescate, otra vez

Mientras las familias moderan, las Administraciones Públicas aceleran. El gasto público creció un 0,9% intertrimestral en el tercer trimestre, tres décimas más que en el anterior. Es el contrapeso que evita que los números del PIB queden peor. Sin ese empuje institucional, el titular sería bastante más incómodo.

La inversión también ha perdido fuelle: creció un 0,6% intertrimestral, tres décimas menos que antes, su menor alza desde el segundo trimestre del año pasado. Y la construcción, sector que debería ser uno de los termómetros del pulso económico, no ha crecido en este tercer trimestre. En un contexto de crisis de vivienda que todo el mundo reconoce pero casi nadie resuelve, que la actividad constructora se estanque no es precisamente la señal que esperaban quienes confían en que la oferta suba y los precios se contengan.

El sector exterior aportó apenas una décima al crecimiento interanual, con exportaciones al +1,3% intertrimestral e importaciones al +1,1%. Prácticamente neutro. El grueso del crecimiento sigue siendo doméstico: la demanda nacional aportó 2,6 puntos de los 2,7% de avance interanual del PIB. España sigue dependiendo de su propio pulso interno para crecer, y ese pulso está acusando el golpe de los precios.

El relato de la "economía blindada" contra el ticket de la compra

El PIB interanual sigue en el +2,7%, una décima más que el trimestre anterior. Los datos agregados no son malos. Pero hay una diferencia entre los números y la percepción, y esa diferencia se está convirtiendo en el problema político de fondo.

Cuando el deflactor del PIB crece un 3,1% interanual y el PIB nominal lo hace al 5,9%, parte de ese crecimiento viene impulsado por los propios precios, no solo por actividad económica real. Las familias lo notan: pagan más, producen y consumen proporcionalmente menos. El poder adquisitivo no recupera terreno a este ritmo.

El consumo interanual de los hogares desaceleró hasta el 3,1%. El gasto público interanual creció el 2,5%. La inversión interanual, pese a moderar 1,1 puntos, aguanta en el 3,9%. Los números agregados se sostienen, sí. Pero la composición del crecimiento, con el gasto público como protagonista creciente y las familias perdiendo peso, no es exactamente el retrato de una economía que tira con fuerza desde abajo.

A un mes del 29-N, los datos del INE ofrecen una fotografía económica que encaja mal con el discurso de la economía "blindada". No hay recesión —eso hay que decirlo con claridad— pero la desaceleración del consumo privado, la inflación en máximos de tres años y la construcción paralizada dibujan un escenario en el que muchos ciudadanos tienen dificultades para reconocerse en los titulares optimistas. El bolsillo, como siempre, es el mejor encuestador.