No bastaba con el eslogan. El PP ha decidido que, si el adversario no confiesa lo que le conviene, se le fabrica la confesión. En plena precampaña del 29-N, el partido de Feijóo ha publicado un vídeo con inteligencia artificial que pone cara y voz a Begoña Gómez, José Luis Ábalos, José Luis Rodríguez Zapatero, Leire Díez, Montse Mínguez y Santos Cerdán para que digan, uno a uno, «sí, soy zurdo»… mientras admiten delitos, investigaciones o polémicas que nunca pronunciaron.
El montaje es la respuesta al vídeo de Pedro Sánchez de «Zurdos y orgullosos», lanzado a la sombra de la visita de Javier Milei. Los populares copian el molde, cambian el lema a «Lerdos y orgullosos» y sustituyen al presidente por avatares sintéticos. Ya no se recorta una frase incómoda: se escribe el guion completo y se le pone la cara del contrario.
Seis bocas digitales, seis realidades judiciales distintas
La primera en aparecer es Begoña Gómez. El vídeo le hace decir que obtuvo una cátedra gracias a que su marido es presidente. Eso es el marco político del PP, no una sentencia. Gómez está a la espera de juicio tras la instrucción del juez Juan Carlos Peinado por presunto tráfico de influencias y malversación: habrá tribunal, no hay condena. La presunción de inocencia no se apaga porque un algoritmo diga lo contrario con su voz.
Con Ábalos el terreno es otro. El Tribunal Supremo lo condenó a 24 años y tres meses por el caso de las mascarillas y contrataciones irregulares; el exministro ha anunciado amparo ante el Constitucional. Aquí hay condena firme en lo penal ordinario, pero la frase del vídeo sigue siendo un invento: el PP no reproduce una declaración real, la fabrica.
Zapatero aparece «confesando» joyas en una caja fuerte. Eso forma parte de la investigación del juez Calama sobre el rescate de Plus Ultra; el expresidente habla de herencias y regalos y la pesquisa sigue abierta. Leire Díez, investigada por el juez Pedraz, es presentada como quien contrata «matones» para apartar a una jueza: un resumen brutal de una causa aún en marcha. Montse Mínguez, dimitida por el holding inmobiliario de su pareja, queda metida en el mismo saco de «delitos» sin condena. Santos Cerdán cierra el desfile con mordidas y «banda criminal» mientras sus causas siguen abiertas.
Ese es el truco sucio del montaje: aplanar condena, juicio oral, investigación y escándalo político en el mismo eslogan de diez segundos. Si todo es confesión, nada necesita prueba. Si todo es sátira, ¿para qué clonar la voz?
No es un chiste de barra: es propaganda con cara ajena
La sátira política existe desde siempre. La diferencia del deepfake es que el rostro se mueve y la voz suena plausible. Un fragmento suelto en WhatsApp o en X ya no parece una viñeta: parece un documento. El PP no llega virgen a esto; lleva semanas exprimiendo la IA en redes. Pero elevarlo a pieza central de precampaña, con figuras del entorno socialista «admitiendo» lo que el partido quiere oír, cruza otra línea.
Desde el 2 de agosto de 2026 el artículo 50 del Reglamento europeo de Inteligencia Artificial obliga a identificar deepfakes. No prohíbe la parodia política; exige transparencia para que el público sepa que aquello es artificial. Que el PP diga que es humor no borra la pregunta: ¿queda claro, fuera del hilo original, que esas personas no dijeron eso?
Rebeca Torró, secretaria de Organización del PSOE, lo ha llamado «lamentable» y acusa a Génova de sustituir el programa por el insulto con nuevo hardware. Se puede discutir el tono. Lo que no se discute es el hecho: un partido con opciones de gobierno ha puesto en circulación confesiones que no existieron.
El 29-N también se juega en la fábrica de voces
España llega a las generales con la IA en la sala de máquinas de la propaganda. El PSOE convierte un insulto de Milei en lema; el PP responde clonando bocas. Entre medias quedan juzgados reales, derechos de defensa y un electorado al que se le pide distinguir hechos de memes con presupuesto.
Si la derecha quiere hablar de corrupción, tiene hemeroteca y sentencias. Si prefiere que el adversario se autoinculpe en un plató digital, está diciendo otra cosa: que la verdad procesal le estorba y la voz falsa le rinde más. Eso no es combatividad. Es atajo. Y en campaña, el atajo se paga después, cuando ya nadie se acuerda de quién inventó la frase… solo de la cara que la dijo.
