En el barrio de Nou Barris, este sábado, no había mucho espacio para la ambigüedad. Gabriel Rufián e Irene Montero subieron al mismo escenario —ERC y Podemos, cara a cara con el 29-N— y soltaron la frase que resume la pelea de la izquierda a la izquierda del PSOE: hay que «someter al PSOE desde su izquierda».

No es un eslogan de mitin vacío. Es un mensaje de jerarquía. Rufián lo dijo sin anestesia: «Te llames como te llames, ¡el frente somos nosotros!». La referencia va directa al Frente Amplio —Comuns, Más Madrid, Sumar, Izquierda Unida— y a quien crea que esa marca sirve solo para remolcar al socialismo en el Senado mientras el Congreso se decide en otra galaxia.

Montero fue más seca, si cabe. El proyecto de las derechas, dijo, es «coger el dinero de todos y todas» para dárselo a «los ricos». El de Podemos, devolverlo a «su legítimo propietario, que es la gente». ¿Y el del PSOE? «Tuitear muy fuerte contra los de arriba, y hasta aquí». Esa frase no es un detalle retórico: es el marco con el que intentan impedir que el voto útil se coma otra vez a la izquierda alternativa.

Vivienda, sueldo y reloj: el menú que no cabe en un tuit

El acto llevaba el lema «Casa, vida, futuro». No es casual. Montero metió en el mismo paquete tres medidas que el PSOE no va a firmar en un tuit de precampaña: expropiar pisos a los fondos buitre «por miles» porque «las casas son para vivir y no para hacer negocio»; acribillar a impuestos a los de arriba para reforzar servicios públicos; subir el SMI hasta 1.800 euros; y fijar la jornada laboral en 30 horas semanales «para poder disfrutar de la vida, porque vida solo hay una».

Se puede discutir la viabilidad, el calendario o el coste. Lo que no se puede hacer —y aquí la mesa de izquierdas pone el foco— es fingir que bajar el alquiler y parar a PP y Vox son tareas que se resuelven solo con la misma papeleta del Senado y un hashtag. Montero lo dejó negro sobre blanco: tener una izquierda que se parece mucho al PSOE en el Gobierno y se presenta «en la misma papeleta que él» en el Senado «no va a arreglar las cosas».

Ese dardo llega justo cuando el PSOE ha cerrado con el Frente Amplio un reparto del 30% de los puestos en las listas conjuntas al Senado. En clave electoral tiene lógica mayoritaria. En clave de programa, Rufián y Montero están diciendo a su gente: el arrastre no es sumisión.

Rufián, el fascismo y la pelea interior de ERC

El candidato republicano también jugó en casa. Admitió reticencias dentro del independentismo y de ERC: eso de que «las izquierdas españolas» o «el fascismo español» no es «nuestra cosa». Su respuesta fue un jarro de agua fría a la fantasía de la burbuja: ¿alguien cree de verdad que Cataluña, Euskadi o Galicia son indemnes a esa «rabia fascista» por magia territorial?

Y a quienes critican aliarse con Podemos «porque son españoles», les soltó otra: «Como si no hubiera votantes catalanes de Podemos». Ser catalán, dijo, no tiene una manera correcta única: es compartir valores de libertad, justicia, democracia y empatía. En el público sonaron gritos de «Sí se puede» y se vio alguna estelada. El acto, en catalán y en castellano, era deliberadamente híbrido.

Tampoco se libró Junts. Rufián afeó el «eslogan miserable» de que ERC negociaba «a cambio de nada» y recordó —según su relato— que quienes salieron de la cárcel tras indultos de 2021 lo hicieron gracias a la fuerza negociadora republicana. El marco de estas elecciones, para él, es claro: «van de ERC o PSC». El PSC, añadió, «no merece el premio del llamado voto útil».

Qué se omite cuando solo se habla de «unidad»

La unidad de la izquierda suena bien en un titular de domingo. En la calle de Nou Barris suena a otra cosa: quién manda el ritmo. Si el Frente Amplio acepta segundos puestos en el Senado y el PSOE marca la agenda de vivienda, aborto o SMI desde Moncloa, la izquierda a su izquierda se queda con el micrófono del mitin y poco más.

Rufián y Montero han elegido el camino contrario: empujar hacia fuera, endurecer el programa y decir en voz alta que el enemigo no es solo Feijóo o Abascal, sino también la tentación de convertirse en un PSOE con otro logo. Eso no garantiza escaños. Garantiza, al menos, que el debate de la izquierda no se reduzca a un reparto de números en una lista abierta del Senado.

El 29-N dirá si ese pulso mueve papeletas o solo mueve titulares. Mientras tanto, el mensaje de Barcelona queda registrado: sin presión real desde la izquierda, el «frente» es un nombre bonito para perder menos feo.