Pedro Sánchez ha decidido no acudir a la recepción que Donald Trump ofrece en Nueva York con motivo de la Asamblea General de la ONU. La explicación oficial es la agenda. La explicación política, bastante más visible, es que el presidente español no quiere la foto.
Según EL PAÍS, el Gobierno sostiene que Sánchez tenía previstas por la tarde reuniones con el gobernador de California, Gavin Newsom, con el presidente ejecutivo de Apple, Tim Cook, y con un ex primer ministro australiano, además de preparar su intervención ante la Asamblea. La Moncloa también ha subrayado la participación del presidente en actos multilaterales y su reunión con António Guterres.
Todo eso puede ser verdad y, aun así, no cerrar el debate. Porque en diplomacia las ausencias pesan. Y cuando el jefe del Gobierno evita una recepción del presidente de Estados Unidos, invitación mediante, la decisión deja de ser una cuestión de calendario y entra en el terreno del mensaje político.
Desde una mirada liberal-conservadora, el problema no es que Sánchez discrepe de Trump. Discrepar de un presidente estadounidense no es pecado diplomático. El problema es convertir la política exterior en una prolongación del relato interno: «yo contra la ultraderecha mundial», «yo como dique», «yo como símbolo». Eso puede funcionar en un mitin; en una agenda internacional conviene medir mejor el precio.
La portavoz del Gobierno, Elma Saiz, defendió que la invitación llegó con poco margen y pidió poner el foco en la presencia española durante la semana de Naciones Unidas. La oposición, por su parte, leyó la ausencia como maniobra para desplazar la atención de otros asuntos, incluida la crisis de Ceuta. La escena da para ambos marcos, pero la pregunta de fondo es menos partidista: ¿gana algo España cuando su presidente evita una foto que casi todos los gobiernos gestionan con frialdad profesional?
La respuesta no es automática. Hay momentos en los que una distancia calculada puede reforzar posición. Pero también hay gestos que se consumen en la política doméstica y dejan poco rendimiento fuera. Si España quiere venderse como actor serio, puente europeo y socio fiable, su política exterior no puede depender de si una imagen incomoda al argumentario de la semana.
Sánchez tiene derecho a marcar perfil en la ONU y a defender el multilateralismo frente a la política de bloques. Lo que no debería hacer es confundir perfil con escapismo fotográfico. Porque en el exterior, como en casa, las sillas vacías también hablan. Y no siempre dicen lo que uno cree.
