Durante años el mantra fue casi un eslogan de camiseta: el obrero vota izquierda y el rico, derecha. El último Panel de Sigma Dos para El Mundo lo pone patas arriba a un mes vista del 29-N. No es un empate moral ni una anécdota de tertulia. Es un mapa de clase que debería quitar el sueño a quien sigue hablando de «pueblo» como si el pueblo firmara siempre la misma papeleta.
El trabajo de campo —del 8 al 22 de octubre, 3.122 entrevistas, margen de error del ±2,1%— describe un país partido por la renta de forma distinta a 2023. Entonces, el postelectoral del CIS y el recuerdo de las urnas dejaban a Sumar fuerte entre trabajadores y al PSOE cómodo en el medio-bajo: más del 60% de los obreros y el 45% del escalón siguiente se inclinaban por la izquierda. Hoy ese patrón «parece lejos de reproducirse», escribe el diario.
Empieza por arriba. Si España se redujese a su población de mayor poder adquisitivo, Pedro Sánchez ganaría hoy con el 33,8% de ese estrato, 7,7 puntos por encima de su media general (26,1%). El PP sigue cerca, 31,7% entre los más ricos frente al 30,6% global. Vox, en cambio, cosecha ahí su peor marca relativa: 18,4%, por debajo del 19,9% nacional. Frente Amplio se refuerza en el nivel alto: 8,1% frente al 7,4% del conjunto. Traducción seca: la izquierda rinde mejor donde hay más renta; la derecha dura, peor.
Abajo ocurre lo inverso y es más doloroso para el relato progresista. En el estrato socioeconómico bajo, Abascal alcanza el 22%, dos puntos por encima de su media. El PSOE se queda en el 26,7% y Frente Amplio en el 6,3%: en ambos casos, su peor resultado por clase. La derecha (PP+Vox) reúne el 50,9% de las papeletas de ese nivel; la izquierda, incluyendo a Podemos, solo el 36,3%. Son 14,6 puntos de brecha. Entre los más ricos la diferencia se estrecha a 5,6 puntos (50,1% frente a 44,5%). La derecha gana en todos los estratos, pero el agujero de la izquierda se abre donde decía representar a los de abajo.
El propio periódico subraya la ironía. Mientras socialistas y aliados reivindican al inquilino frente al casero y agitan la subida del SMI, el comportamiento electoral de las rentas bajas no se inclina a su favor. Quienes tienen más capacidad adquisitiva sí empujan al bloque progresista. Y no es que el PP se haya vuelto un partido de barriada: su mejor caladero sigue estando entre los de arriba. El vuelco lo lidera Vox, con ruta por enclaves populares y perfiles como Carlos Hernández Quero pensados para hablar a barrios donde la formación de Abascal históricamente pinchaba.
Para la mesa de derecha el dato no es un trofeo para colgar y callar. Es un aviso de que el eje cultural y de orden —seguridad, inmigración, vivienda percibida como escasez, fatiga fiscal— está reordenando lealtades de clase más rápido que los eslóganes de «justicia social». Si el obrero escucha promesas de alquiler asequible y al mismo tiempo vive el día a día como un cuello de botella de precios, colas y competencia por recursos, el discurso de trinchera de la derecha dura encuentra oído. No hace falta inventar una conversión ideológica masiva: basta con que la izquierda deje de ser el voto por defecto del estrato bajo.
También conviene no emborracharse. Una encuesta no es el 29-N. El Panel mide intención, no escrutinio, y el margen de error muerde cuando se parte la muestra por clases. Además, «nivel socioeconómico bajo» no es un sindicato homogéneo: caben precarios urbanos, autónomos ahogados y rentas mixtas. Pero la dirección del cambio respecto a 2023 es demasiado nítida para despacharla como ruido de laboratorio.
La lectura conservadora-liberal del cuadro es incómoda para Moncloa y útil para Genova y Bambú. Si Sánchez y Colau rinden mejor entre quienes más tienen, el relato de clase se les vuelve boomerang: parece que el progresismo seduce más al votante instalado que al que llega justo a fin de mes. Si Abascal marca máximo abajo, la derecha ya no puede fingir que su crecimiento es solo un club de urbanitas enfadados. El 29-N dirá si este vuelco se consolida en las urnas. Hasta entonces, el Panel deja una frase difícil de maquillar: la izquierda habla a los de abajo y, en la encuesta, los de abajo le contestan cada vez menos.
