En la izquierda española hay un truco viejo: hablar de unidad mientras se prepara la pelea de egos. Este lunes, Ernest Urtasun ha cortado el teatro por lo sano. El ministro de Cultura y portavoz de Sumar ha dicho en rueda de prensa lo que mucha gente de base ya intuye: si Podemos quiere entrar en la plataforma para las generales, tiene que querer revalidar el Gobierno de coalición con Pedro Sánchez. No vale presentarse solo para apalear al PSOE y luego vender moral desde la grada.
La frase no es un detalle. Es el listón. Urtasun ha dejado claro que IU, Movimiento Sumar, Más Madrid y los Comunes están montando una candidatura compartida y que lo importante no es el método de las primarias, sino el horizonte: volver a gobernar juntos. Si los morados tienen «voluntad de participar» en ese «gran esfuerzo colectivo», las puertas están abiertas. «Aquí no sobra nadie», ha dicho. Traducción: sobra quien entre a dinamitar el bloque desde dentro.
El contexto pesa. Llevan más de 200 días sin cara visible después de que Yolanda Díaz renunciara a encabezar lista. Hay inquietud, hay portazos y hay una oposición de derechas que se frota las manos cada vez que la izquierda se pelea en abierto. Urtasun ha justificado la tardanza con el argumento de la pluralidad y ha fijado octubre como horizonte para ultimar el modelo. También ha enfriado, otra vez, la idea de que él mismo sea el candidato. Menos selfie y más proyecto: esa es la lectura útil.
Podemos, por su lado, ha movido ficha con otra lógica. Irene Montero ha anunciado primarias «abiertas a todo el mundo» para una candidatura conjunta. Pablo Iglesias ha escrito en X que las desconfianzas y el intento de destruir a Podemos hacen inviable un «acuerdo de sillones». Su oferta no suena a puente; suena a pulso. Y el pulso, en mitad de una legislatura frágil, suele acabar en escaños regalados a quien menos los merece.
El Mundo recuerda el clima: crítica dura de Podemos a Ceuta, a la corrupción del PSOE, al rearme y a la vivienda, y el rechazo anunciado a los primeros Presupuestos de Sánchez. Todo eso puede ser legítimo como oposición interna. Otra cosa es vender unidad electoral mientras se niega el único pegamento que ha funcionado en 2023: gobernar juntos. Sin ese pegamento, la «unidad» es un cartel bonito para perder el domingo.
Desde esta mesa no se pide silencio crítico. Se pide no confundir pureza con irrelevancia. Si el objetivo real es echar a la derecha del mapa institucional, hay que aceptar una verdad incómoda: la coalición progresista o se revalida o se rompe. Urtasun ha puesto el precio de la entrada. Ahora falta saber si Podemos quiere mesa de gobierno o solo micrófono de campaña.
Lo que no se puede hacer es alargar el vacío hasta que el electorado se harte. La derecha no necesita un programa brillante si la izquierda llega dividida, sin marca y discutiendo si el enemigo principal es Feijóo o el compañero de escaño. Octubre no es una fecha mágica. Es el último margen de credibilidad antes de que la pelea interna se convierta en derrota externa.
